jueves, 22 de febrero de 2018

Posverdad y medios de comunicación de masas

Breve análisis del ecosistema comunicativo en tiempos de inmediatez y sobreinformación

El concepto de posverdad o “post-truth” fue acuñado en 1992 por el dramaturgo Steve Tesich en un artículo en la revista The Nation. En este artículo, Tesich comentaba: "Lamento que nosotros, como pueblo libre, hayamos decidido libremente vivir en un mundo en donde reina la posverdad". 

En la publicación, se hablaba del Irangate y Tesich -sin saberlo- acuñó un término fundamental para entender la comunicación política de la actualidad: la de la banalización de los mensajes, las apelaciones a las creencias más anacrónicas y la de la política-espectáculo.


El diccionario de Oxford eligió el término de “posverdad” como palabra del año 2016, y, según la RAE es “la distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en las actitudes sociales”.

Y aquí nos encontramos, inmersos en “la era de la posverdad”, la cual, no es más que la prolongación de una larga tradición de engaños políticos, manipulación mediática y propaganda. Sin novedades, solo nuevas fórmulas de injerencia y no tan nuevas estrategias de control social, pero, con una diferencia importante, hoy en día estas nuevas fórmulas tienen un nuevo aliado: los canales digitales. Éstos, son el vehículo perfecto para la expansión de informaciones falsas, las cuales, se encuentran lejos de cualquier atisbo de ética periodística y están al servicio de determinados intereses políticos, económicos y administrativos. Sin filtros.

Y, es que, estos ejercicios de manipulación no son nada nuevo, han existido siempre. Como decía el ensayista Domingo Ródenas en una entrevista en El Periódico (2017): “No es concebible el poder político, ni la lucha política, sin el uso de la mentira o, lo que es lo mismo, de la tergiversación de la información para construir una imagen deformada de la realidad”.

La rueda sigue girando y en la actualidad y gracias a los nuevos canales y métodos estás técnicas se han ido perfeccionando, introduciéndose en ellas nuevas variables, como, por ejemplo, la de la emotividad, pues se intenta persuadir y manipular al público “atacando” sus puntos más vulnerables: sus emociones y sus creencias más atávicas.

En este contexto, la difusión de noticias falsas o ambiguas son una efectiva herramienta de sociabilización de un mensaje prefabricado desde el establishment -a través de los medios de comunicación de masas- para con la opinión pública, con el objetivo de modificarla o directamente crearla nueva: el “efecto Trump”-político de la posverdad por antonomasia-, el Brexit o la situación política en Cataluña son clara prueba de ello. En este sentido, cabe comentar algunos ejemplos más que demuestran la existencia de noticias falsas y ambiguas, medias verdades y medias mentiras.

Una de las falacias más conocidas de los últimos tiempos fue el llamado “caso de las incubadoras”: Irak invadió Kuwait el 2 de agosto de 1990. La familia real kuwatí contrato los servicios de la agencia de relaciones públicas Hill & Knowlton para realizar campañas de propaganda contra Irak. Se acusó a la agencia de manipular y orquestar el testimonio de una enfermera kuwaití ante el senado norteamericano, por el cual, se acusaba al régimen de Sadam Hussein de sacar de las incubadoras a los neonatos y dejarlos morir en los pasillos del hospital kuwaití. Más tarde se demostró que ese testimonio era falso, ni siquiera era enfermera; era la hija del embajador de Kuwait en Washington, Saud Nasir al-Sabah. Mientras tanto, el presidente Bush sacaba rédito político de ese falso testimonio: utilizaba esta mentira en cinco discursos oficiales y, a su vez, siete senadores hicieron referencia a estos hechos en intervenciones a favor de una futura resolución a favor de la invasión de Irak, la cual finalmente se produjo.

En los últimos años también encontramos casos de noticias falsas y ambiguas: desde las declaraciones de Donald Trump afirmando que Barack Obama era un musulmán nacido fuera de EE. UU, hasta las promesas sobre las bondades del brexit en el pasado referéndum de permanencia en la U.E, (se prometieron 350 millones de libras para el Sistema de Salud Británico si se votaba a favor del brexit).

Estas y otras muchas noticias falsas están a la orden del día en los medios de comunicación y en las redes sociales, estas falsedades pueden responder a intereses de todo tipo y tener objetivos diversos, por lo que se hace necesario saber detectarlas e interpretarlas correctamente. Es aquí donde entra en juego el papel de los medios de comunicación, pues éstos, como constructores del relato social, transmisores de nuevas realidades y generadores de consenso, deben ser garantes de la verdad y ejercer como elementos reguladores ante las falsedades. Un papel, que cada día está más en entredicho.

Estas “mentiras emotivas” son determinantes porque tienen un impacto real y palpable en las sociedades: las falsas noticias, las medias verdades o la posverdad han demostrado ampliamente su capacidad para moldear procesos electorales, influir en la toma de decisiones populares, o, incluso, iniciar procesos belicistas o la invasión de países soberanos, convirtiendo así a los medios de comunicación en “una herramienta de injerencia social”, absolutamente antidemocrática y al servicio de determinados intereses. Unos medios que, según el teórico cultural y sociólogo Stuart Hall (2015), “responden a mapas de prevalencia informativa trazados por el poder (líderes políticos, organizaciones gubernamentales, grupos de presión, sistema judicial y responsables del orden público)”.

Se construye una realidad sin contenido, prefabricada por un modelo periodístico que ya no utiliza los canales tradicionales de comunicación, y, que se ve inmerso en nuevo contexto relacional entre periodistas y fuentes informativas. Es aquí, en este nuevo contexto, donde surge la interdependencia y los conflictos de intereses: uno de los más controvertidos es dominar y establecer la agenda mediática. Así, los medios de comunicación no solo establecen esta agenda y dictaminan sobre lo que hay que pensar, sino que también establecen como se ha de pensar al respecto, influenciando en las opiniones y en las actitudes de las personas. Según Maxwell McCombs, catedrático de la Universidad de Texas y padre de la teoría del establecimiento de agenda: “Las noticias influencian cómo piensan las personas”

El ecosistema comunicativo ha cambiado: la institucionalización de las fuentes, la aparición de nuevos actores -spin doctor, mediadores etc…- y profesionales de la comunicación digital, han modificado de sobremanera las prácticas periodísticas, sobre todo en el ámbito de la comunicación política, y más en concreto lo que se ha venido a llamar “periodismo de declaraciones”: una forma pasiva de recolección de información, basada en la mera reproducción literal de declaraciones interesadas. Una fórmula, que recuerda a los “modelos comunicativos” de los regímenes autoritarios, en los que los mensajes del régimen en cuestión se inoculan directamente en la opinión pública y, dónde el ejercicio periodístico queda en un segundo plano.

Este ecosistema cuenta con un actor principal: el gabinete de prensa. Su existencia y propósitos en el mundo de la comunicación política han sido el resorte utilizado por el poder político ante la creciente expansión mediática, creando un modelo comunicativo adulterado y al dictado de las élites, simplificado y acotado en base al discurso oficial. No se debe caer en el error de considerar a los gabinetes de prensa como fuentes informativas, sino como herramientas de persuasión: una frontera construida entre el poder político y la ciudadanía. Esta influencia en ciertas fuentes informativas o su institucionalización -que se observa, por ejemplo, en los medios generalistas-, constituye, sin duda, un grave riesgo.

Se puede concluir que, tanto los medios tradicionales como las redes sociales fomentan la construcción de una realidad basada en informaciones falsas o incompletas, cada medio lo hace a su manera: la insinuación, la falta de contexto, la inversión de las relevancias o la “postcensura” (término acuñado por Juan Soto Ivars en Arden las redes (Debate, 2017), son algunas de las herramientas “des-comunicativas” que padecen los públicos de la actualidad, unos públicos en “régimen de posverdad”.

Jorge Segovia Riaza


Bibliografía:

Alós, E. (2017). Cinco verdades sobre la posverdad. El Periódico

Estrada, A.; Rodrigo, M. (2017). Teorías de la Comunicación. Oberta, UOC, Barcelona

Francescutti, P.; Saperas, E. (2015). Los gabinetes de prensa como fuente de información política en España. UNR. Argentina

Soto, J. (2017). Arden las redes: La postcensura y el nuevo mundo virtual. Debate: España

Trias de Bes, F. (2017). La verdad de la posverdad. El País Semanal. (En Línea)

McCombs, M. (2015). Entrevista Facultad de Comunicación. Universidad Pontificia de Chile. (En línea)
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